martes, 19 de febrero de 2013

Justicia contra Víctimas.


El otro día, comentando con un buen amigo el post anterior, surgía el tema de las víctimas del terrorismo en nuestro país. Nos preguntábamos cómo habíamos llegado a una situación en la que las asociaciones de víctimas se han convertido en auténticos acicates políticos que, más que dar apoyo y reparación a las víctimas, se dedican a despotricar contra unos y otros, buscando portadas e incluso llegando a enfrentarse entre ellas.

Dándole vueltas a esto -y desechando las primeras ideas que le vienen a uno a la cabeza sobre la manipulación por parte de los partidos y los poderes- encontré una explicación bastante lógica y clarividente para entender cómo hemos llegado a esta situación.

¿Por qué las asociaciones de víctimas (algunas, no todas) tienen ese afán de hacer política? La respuesta es sencilla, pero compleja: porque la Justicia no les ha dado la atención y el protagonismo que toda víctima  necesita para sentirse reparada. 

(Hago un inciso aquí para explicitar que a partir de ahora me referiré a TODAS las victimas de TODOS los delitos, sean del tipo que sean, sean de la gravedad que sean.)

En nuestro país, concretamente en nuestro sistema judicial, las grandes olvidadas son las víctimas. Tenemos condenas ejemplares, leyes fuertes y mecanismos para hacerlas cumplir de forma inminente. Sin embargo, nuestro sistema no tiene absolutamente nada que ofrecer a las víctimas de un delito, excepto la supuesta "satisfacción" de ver al delincuente cumplir su condena.

Cuando una persona sufre un daño, sea del tipo que sea, su primer impulso es el de hacer pagar al que le ha causado el daño. Son reacciones casi instintivas, todos las conocemos: "que se pudra en la cárcel", "que lo pague", "que el peso de la Justicia caiga sobre él"...

Perfecto, nuestro sistema judicial, como ya he dicho, se encargará de eso sin ninguna demora y sin dudar ni un instante en que es lo que debe hacer. Pero ya está.

Poco tiempo después, cuando se calmen estos sentimientos iniciales, la víctima empezará a preguntarse por qué le ha tocado a ella, qué va a hacer ahora que ha perdido algo tan querido, cómo va a superar este acontecimiento traumático sin ayuda, o quién va a explicarle a las personas de su alrededor que ella no ha tenido la culpa de lo que le ha sucedido.

Es aquí donde nuestro sistema punitivo se desentiende, se tapa ojos y oídos, y sigue castigando con puño de hierro a los delincuentes, que es su único deber.

Las víctimas necesitan ser reparadas. Necesitan ser escuchadas, que puedan contar su historia, que se reconozca socialmente su sufrimiento y se dé la oportunidad a la sociedad de conocerlas y apoyarlas. Necesitan poder pedirle explicaciones al que les ha causado el daño, tener la oportunidad -si lo desean- de entenderle y perdonarle. Necesitan saber que no están solas, que la sociedad no las rechaza, ni las señala, ni las culpabiliza de lo que ha sucedido.
 
Merecen, además, que el Estado invierta en esa reparación tanto, o más, esfuerzo y dinero como invierte en juzgar y castigar al delincuente. Merecen que el sistema judicial cuide y proteja sus derechos y necesidades por encima de cualquier otra cosa.


Tras esta reflexión, no resulta extraño que la necesidad de tener voz y ser escuchadas haya llevado a ciertas asociaciones de víctimas a dirigir su indignación por cauces que no les pertenecen, por mucho que hayan sufrido.


Pese a todo, me gusta pensar que esto está cambiando. Cada vez más resuena el término Justicia Restaurativa, un concepto de la justicia que incluye a la víctima, sus necesidades y sus intereses. Y que pretende instaurar en la sociedad valores más humanos, pacíficos y acordes con las necesidades de sus ciudadanos.

Estos son los verdaderos caminos de Paz y de verdadera Justicia, por los que debemos caminar si queremos una sociedad realmente humana.




sábado, 12 de enero de 2013

Los presos de ETA.


Sé que con este post me voy a meter en un jardín del que va a ser difícil salir. Pero lo hago porque sé que es la única forma de que la gente opine, dialogue y reflexione. Así que ya sabéis, todos los que os deis por aludidos, comentarios abajo.

Mientras escribo esto, en Bilbao miles de personas se manifiestan a favor de los presos de ETA y de los derechos que, según ellos, les corresponden.

Por otro lado, y frente a esta manifestación, cientos de personas se manifiestan en las redes sociales en contra de cualquier tipo de apoyo a los presos relacionados con la banda terrorista, por ejemplo aquí. En principio la crítica se ha centrado en un grupo de artistas "de izquierdas" que han apoyado la manifestación; pero evidentemente se ha extendido a todo aquél que se le ocurra mencionar que una persona perteneciente (o ex-perteneciente) a ETA tiene algún tipo de derecho.

En nuestro país, por suerte o por desgracia (quiero pensar que por suerte) existe un Código Penal, que dice por qué, y cuánto tiempo, se condena a una persona a determinada pena. Además, para las penas de cárcel, existe otros tochos llamados Ley Orgánica General Penitenciaria y Reglamento Penitenciario, que dicen cómo, dónde y en qué condiciones se deben cumplir esas penas. Todo viene ahí muy bien explicadito y muy clarito. Además, también tenemos el tocho más importante de nuestro país: la Constitución. Ahí también dice muchas cosas.

En esos textos, se recogen derechos que todos conocemos y todos defendemos a capa y espada. Por ejemplo, el derecho a un juicio, el derecho a la presunción de inocencia, el derecho a defender tu inocencia, el derecho a que se te aplique la legislación correspondiente según los hechos, etc. Todos nos llevamos las manos a la cabeza y ponemos el grito en el cielo cuando se vulneran esos derechos; cuando, por ejemplo, conocemos casos de gente que ha sido condenada por error. O cuando se cometen abusos contra los detenidos por parte de las fuerzas de seguridad.

En esos textos que rigen el funcionamiento de nuestro sistema penal y penitenciario también se recoge el derecho de los presos de estar lo más cerca posible de su lugar de residencia, o del lugar de residencia de sus familiares.

Y no sólo lo dicen nuestros tochos, atentos. En el "Conjunto de Principios de la ONU para la protección de todas las personas sometidas a cualquier forma de detención o prisión", el principio 20 dice lo siguiente:

    «Si lo solicita la persona detenida o presa, será mantenida en lo posible en un lugar de detención o prisión situado a una distancia razonable de su lugar de residencia habitual.»

La ONU, el organismo internacional políticamente más aceptado, también recoge ese derecho para las personas presas.

Y no es baladí. Imaginad que un señor de Málaga, con mujer, hijos, padres y hermanos, es condenado y llevado a una prisión situada en La Coruña. Otro de los derechos que recogen los textos citados anteriormente habla de dar facilidades a las personas presas para que se comuniquen, de forma presencial, con sus familiares directos. Imaginad los kilómetros (con su correspondiente gasto económico, de tiempo, de esfuerzo y de riesgo en carretera) que tendría que hacer esa familia malagueña cada vez que quisiera visitar a este señor preso en La Coruña.


 La Justicia (con mayúsculas, como le gusta que le nombren) debe ser igual para todos. Eso no significa que haya condenas similares para todos, hagamos lo que hagamos. Significa que a todos se nos debe aplicar EL MISMO REGLAMENTO cuando cometamos un delito. Y, repito, ponemos el grito en el cielo cuando esto no se cumple.


¿Por qué motivo, entonces, se critica a gente que se manifiesta por un derecho que deberíamos tener todos? ¿Por qué nos parece mal que se defiendan unas condiciones que vienen recogidas en nuestra legislación, que es para todos la misma? ¿Acaso la justicia debe ser distinta para unos y para otros?



¿O quizás es porque nos creemos jueces de todo lo que pasa en el mundo? ¿Tenemos nosotros la capacidad de juzgar más allá de lo que dice la Justicia, esa que tanto respetamos y defendemos?

 
Se nos llena la boca diciendo que todos tenemos los mismos derechos... pero ¿realmente lo piensas?




lunes, 17 de diciembre de 2012

Campofrío y el fin del mundo.


Durante todo el día de hoy ha plagado las redes sociales una nueva campaña publicitaria de la marca Campofrío. Para el que no haya visto el anuncio, recomiendo verlo antes de seguir leyendo, aquí lo tenéis.

¿Os ha gustado? Seguro que sí, el anuncio es buenísimo. Llega al corazón, remueve la conciencia, es motivante y esperanzador. Pone de manifiesto el potencial y las grandes capacidades que tenemos todos y cada uno de nosotros por el simple hecho de pertenecer a este país. Promueve valores de esperanza, de posibilidades, de ánimo, de fe en el futuro y en nosotros mismos.

Muchos ya estaréis buscándole explicaciones, pensando que sólo es marketing y que lo hacen para vender más. Nada de eso, por dios. Estos de Campofrío son tan buenos y tan generosos que, además de un anuncio emocionante, han lanzado una campaña en twitter, por la cual cada vez que se mencione su anuncio en la red social...¡donarán un euro a Cruz Roja!


Ayer, viendo un programa sobre el "fin del mundo" que se acerca (¡¡sólo quedan 4 días!!) hablaban sobre el supuesto cambio de era, de mentalidad, que esta fecha iba a traernos. Se hablaba de que tal y como están las cosas actualmente, las crisis, la pobreza, las escasas perspectivas de futuro, el paro...y otras desgracias, no era extraño que mucha gente esperara con ansia ese cambio de conciencia, ese giro de la humanidad que nos reconduciría hacia un futuro más esperanzador.

La gente está preocupada. Eso es innegable. Algunos se preocupan más por la crisis económica, el paro, la subida de la prima de riesgo y la deuda. Otros hablan de crisis de valores, de la falta de solidaridad, del poco entendimiento entre culturas, las guerras, las desigualdades.

Sea como fuere, pocos se atreverían a negar que nos hace falta un cambio. O que al menos nos vendría bien. La mayoría de la gente en nuestro país tiene una o varias razones que apoyarían ese cambio. Hay que hacer algo, cambiar nuestras prioridades, nuestros valores...pero ¿quién empieza? ¿Campofrío?


Campofrío, en los últimos 5 años, ha llevado a cabo varios ERE en los que ha despedido, en total, a unos 1800 trabajadores. Según algunos de los trabajadores, las cartas de despido terminaban con un "Sonría, por favor".

¿Qué nos están vendiendo? ¿Qué tipo de valores subyacen realmente en esta empresa? ¿Tenemos que olvidarnos de todos esos trabajadores y sus familias sólo porque nos han saltado unas lagrimillas viendo a Fofito enumerando los mayores éxitos de nuestro país?

¿Acaso le han dado de comer a esas familias los deportistas de los que hablan en el anuncio? ¿Acaso los 6 premios Nobel que mencionan han repercutido en ayudas a las personas necesitadas de nuestro país?


Pero todo eso da igual. Lo único que importa es que Campofrío ha hecho un anuncio genial, precioso, que remueve los corazones de todo el que lo ve. Un anuncio que nada más verlo, vamos corriendo a compartirlo en facebook o en twitter, porque cosas así son las que van a hacer que la gente sea más solidaria, más generosa y más crítica, ¿verdad? Éstas son las cosas que nos traerán ese cambio de mentalidad que tanto esperamos.

Espero que se note la ironía. Estoy harto de que se nos vendan valores que NO SON SUYOS. Que las grandes empresas nos compren con etiquetas como la SOLIDARIDAD, el COMPARTIR, la ESPERANZA... cuando esos valores sólo pertenecen a las personas, a lo más profundo de las personas. A la gente de la calle, a los que sufren, a los que colaboran, a los que dan su vida y su esfuerzo por otros.

Entre unos y otros ya nos han robado muchas cosas: la dignidad, el trabajo, el poder adquisitivo, las vacaciones,... no dejéis que nos roben también nuestros valores. Son nuestros, siempre lo han sido, no dejéis que intenten venderóslos como si fueran suyos. Nos pertenecen.



domingo, 9 de diciembre de 2012

Barreras entre culturas.


Ayer mismo, aprovechando la soleada tarde de sábado, salí a dar un paseo por la zona turística de Granada. A pesar de los miles de turistas, extranjeros y nacionales, que atestaban las calles y hacían difícil disfrutar de la tranquilidad y la paz que suele provocar el barrio árabe del Albayzin.

Caminando por sitios conocidos, llegué a un sitio desconocido, la mezquita mayor de Granada. Se trata de una mezquita moderna, del año 2003, y curiosamente es la primera mezquita construida en Granada desde la "reconquista" de 1492.

Esta mezquita, además, tuvo muchísimas dificultades para construirse, debido a la oposición de diversos colectivos y asociaciones de vecinos. Se tardó diez años en otorgar un permiso para construirla en su localización actual.

Sigo sin entender como un lugar con semejante tranquilidad, paz y remanso espiritual puede haber tenido, y tener, tantos opositores. Además, es un centro de cultura importantísimo para todo aquél que quiera conocer la cultura y la tradición islámicas. Y el que no quiera, que no vaya.

Retomando, han tenido que pasar más de 500 años para que en Granada se volviera a levantar una mezquita. Pero las diferencias y la falta de entendimiento entre religiones (o tradiciones) sigue presente como si la toma de Granada por los Reyes Católicos hubiera sido ayer.

Ya no se libran batallas ni se pergeñan matanzas en las Alpujarras o en las costas andaluzas, pero la guerra ideológica y de valores sigue notándose en actitudes, comentarios, formas de relacionarnos, sentimientos...

Nos está costando. Parece que no nos entra en la cabeza que tenemos que respetar al otro sea cual sea su cultura, su religión, su credo, su color de piel. Y ojo, respetar no es pasar del tema como si no fuera contigo. Va contigo. Te guste o no, compartimos ciudades, trabajos, institutos, barrios e incluso historia.  De hecho posiblemente compartamos unos cuantos antepasados.

Pero es más sencillo ver las diferencias. Esas diferencias, pequeñas o grandes, que alimentan el miedo, el recelo y el odio a lo desconocido. Y, lo peor de todo, que nos impiden disfrutar de la riqueza cultural, espiritual y humana que podemos ofrecernos unos a otros.

En lugar de enriquecernos mutuamente con la literatura, el arte, la música, la espiritualidad, la filosofía, la tradición, la arquitectura, las costumbres, las ideas, los valores... En lugar de eso, nos miramos recelosos cuando nos cruzamos en un callejón estrecho y damos rienda suelta a pensamientos xenófobos, basados en lo que conocemos del otro por el cine o los medios de comunicación.

Ponemos barreras invisibles. Barreras tan altas como el odio irracional o el miedo infundado. Barreras que nos costará mucho tiempo saltar o derribar. ¿Por qué no ponemos tantas barreras con otras culturas y religiones más cercanas, como la católica? ¿Acaso la suya es más irracional? ¿Acaso el Islam ha cometido más barbaridades que la Iglesia Católica? ¿Acaso su espiritualidad es menos válida?

Su cultura no la entendemos ni la respetamos; pero eso sí, la Alhambra es "mu bonita" y no te puedes morir sin verla.

martes, 27 de noviembre de 2012

Recuerdos de un asesino.


Hoy os quiero presentar una historia que realmente pone los pelos de punta y suscita muchas cuestiones acerca de ciertos procedimientos judiciales, policiales y psiquiátricos.

Es la historia de Sture Bergwall, alias "Thomas Quick". Bergwall es un sueco que lleva 25 años internado en un hospital psiquiátrico de su país por diversos líos con la justicia y una importante adicción a varias sustancias.

Ésta fue la causa de su ingreso inicialmente, pero durante todos estos años, Bergwall ha ido confesando multitud de crímenes (hasta treinta y dos). Entre ellos asesinatos, secuestros, violaciones de jóvenes y niños... Todos esos crímenes iban siendo confesando uno por uno, con gran lujo de detalles según los investigadores y terapeutas que trabajaban con Bergwall.

De todos estos atroces crímenes confesados, Bergwall sólo pudo ser condenado por ocho de ellos, debido a la falta de pruebas concluyentes y a que algunos de esos crímenes ya habían prescrito.

Según sus terapeutas del centro psiquiátrico, Bergwall, tras cometer esos crímenes, había ido reprimiendo los recuerdos como estrategia de defensa psicológica ante semejante realidad. Por ello, fue necesario ayudarle a sacar esos recuerdos de su mente mediante una combinación de fármacos (benzodiacepinas, principalmente, un potente desinhibidor) y terapias psicológicas basadas en la recomposición del relato de esos crímenes.

Gracias a esta maravillosa intervención del equipo psiquiátrico y forense, Bergwall pudo recordar (tras algunos intentos fallidos) los detalles de sus macabros crímenes. Bien. Caso resuelto.


Sin embargo, como imaginaréis, la cosa no quedó ahí. En el año 2008, un periodista sueco llamado Hannes Rastam, tras diversas investigaciones y conversaciones con Bergwall, sacó a la luz la verdad. Durante 20 años, Bergwall había estado confesando crímenes que en realidad no había cometido.

Con la ayuda de los terapeutas e investigadores, había ido dando forma a cada una de esos "recuerdos" que en realidad no existían en su mente. Con razón los profesionales que le ayudaban a reconstruir esas historias necesitaban darle vueltas a la confesión, y sugerirle detalles que quizás "estuviera olvidando" o "no recordara con claridad".

Todo inventado. Pero...¿por qué?

Cuando le preguntan al propio Bergwall sobre la razón de estas confesiones falsas, él contesta: "me daban a cambio fármacos, y mucha atención. Además, los fármacos cada vez me desinhibían más. Empezó como una pequeña mentira que se convirtió en una gran mentira."

Bergwall asegura además, que a medida que confesaba, los médicos e investigadores le prestaban mayor atención, dedicándole horas a sus terapias de "reconstrucción de recuerdos". Y a mayores confesiones, mayor necesidad de fármacos.

Poco a poco iba informándose sobre diversos crímenes sin resolver acaecidos durante los últimos años en la zona, y empezaba sugiriéndole a los médicos que podría haber sido él el asesino. Cuando tenía captada su atención, sólo tenía que dejarse llevar por las preguntas confirmatorias de los investigadores, y fijarse en sus reacciones para saber si iba por buen camino en la confesión de los hechos. Todo esto bajo el poder desinhibitorio de las benzodiacepinas.

Evidentemente, ante una confesión final tan detallada y clara, algunos jueces no tenían ninguna duda a la hora de condenarle por los crímenes.


Aparte de lo curioso de la historia, me gustaría lanzar una pequeña reflexión sobre el peligro que tiene (sobre todo en ciertas profesiones y ámbitos) la necesidad de comprobar, confirmar y resolver determinados hechos, intentando llegar al fondo del asunto, cueste lo que cueste, y utilizando los medios que sean necesarios.

¿Hasta dónde somos capaces de llegar por conocer la "verdad"? ¿Cuánto estamos dispuestos a aceptar a cambio de que, aquello que creíamos, se confirme? ¿Dónde acaba nuestra profesionalidad y empieza el afán por confirmar nuestras creencias, y demostrarles a todos que teníamos razón?

Y cuando entran en juego los trastornos mentales o la adicción a sustancias, ¿cómo de cuidadosos debemos ser antes de juzgar lo que es o no verdad? ¿Quién o quiénes deben decidir hasta qué punto una persona es totalmente libre al confesar determinados hechos, o está presionada para hacerlo en determinada dirección?

Y por último, en este tipo de casos, ¿quién es el responsable de semejantes errores? ¿el confesor mentiroso? ¿los investigadores y psiquiatras? ¿el sistema judicial?


*Por si queréis conocer más detalles, os dejo un pequeño vídeo con una entrevista a Bergwall, y además AQUÍ tenéis el reportaje completo que ha realizado Joseba Elola para El País.




lunes, 19 de noviembre de 2012

Gaza: el conflicto de lo complejo.


Ya que estamos en racha con temas controvertidos y de actualidad, hablemos del conflicto Palestina - Israel.

No sé si a vosotros os pasará, pero a mí normalmente cuando escucho, leo o me informo sobre este tema, me da una pereza terrible. Sobre todo, porque carezco de la información y la formación necesarias para poder decidir a favor de quién estoy, si me caen bien o mal unos y otros, si el conflicto debe acabar de tal o cual forma.

Se trata, sin duda, de uno de esos temas sobre los que todo el mundo opina, pero muy pocos informan de verdad, de la realidad. Quizás porque la realidad esté tan polarizada y complejizada que resulta imposible ser objetivo e imparcial.

Por eso, no os toméis esto como una declaración de apoyo a unos u otros. No lo tengo claro, ni creo que lo tenga nunca. Dicho lo cual, paso a exponer algunos datos que sí conozco. Y cada uno que juzgue y vaya creando o alimentando su opinión.

En primer lugar, el pueblo judío "obtuvo" el actual territorio de Israel con la firme convicción de que Yahveh (el dios de Abraham, el mismo Dios de los cristianos, y Allah para los musulamnes) les prometió esa tierra y por tanto debía ser suya. Se la merecían como pueblo, habían sufrido mucho a lo largo de la historia, lejana y reciente, y nadie podía arrebatarles lo que el mismo Dios les había prometido.

Por el otro lado, nos encontramos con un territorio musulmán donde han ido surgiendo conatos de ideologías más o menos radicales y fanáticas. Entre ellas, la actual Hamás, organización que se declara yihadista, nacionalista e islámica, y cuyo principal objetivo es recuperar el territorio perdido de Israel por todos los medios, incluida la violencia.

Para mí, ese es el núcleo del conflicto. Luego habrá miles de peculiaridades, condiciones, conflictos surgidos del conflicto...pero nadie puede negar que se trata de un conflicto territorial entre dos partes fuertemente influidas y motivadas por su condición religiosa.

Pero personalmente, creo que los que más están sufriendo son los de siempre. La población inocente y empobrecida de un territorio, la franja de Gaza, donde actualmente conviven un millón y medio de personas en una extensión de unos 360 kilómetros cuadrados (40 km de largo por 9 km de ancho).

Esta población, actualmente, se encuentra con una situación de bloqueo llevada a cabo por Israel con el apoyo de Estados Unidos. Un bloqueo que no pretende matar de hambre a los gazatíes, pero sí ponerles a dieta.

Una dieta que, según Jonathan Cook, un periodista que se basa en los informes de Israel, funciona de la siguiente manera: “Funcionarios de salud ofrecieron cálculos de la cantidad mínima de calorías necesarias para que el millón y medio de habitantes de Gaza evitaran la desnutrición. Esas cifras fueron luego traducidas a los cargamentos de alimentos que Israel permitiría que ingresaran cada día. Un promedio de apenas 67 camiones –mucho menos de la mitad del mínimo requerido para evitar la desnutrición– entraría en Gaza diariamente. Esto comparado con más de 400 camiones antes de que empezara el bloqueo”.

Además, la OPPS (Organismo de Obras Públicas y Socorro de Naciones Unidas) asegura que Israel prohíbe realizar obras que serían necesaria para el adecuado tratamiento de las aguas residuales de la franja de Gaza. Sin esas obras, calculan que la franja de Gaza sería inhabitable en el año 2020.

Sólo son algunos ejemplos de cómo la población que habita en esa tierra sufre las consecuencias de un conflicto que mucho de ellos ni siquieran vieron nacer. Posiblemente muchos de los que perpetúan y alimentan el conflicto tampoco lo vieron en sus inicios. Sin embargo sigue ahí, y cada vez con más fuerza.

Sigo considerándome un verdadero ignorante de lo que pasa allí, y por supuesto de la solución que debería darse; pero no me gusta pensar que razones ideológicas y religiosas puedan hacer surgir y alimentar conflictos tan devastadores. Cualquier ideología que permite y favorece esto no es una buena ideología.



*Para saber más: Noam Chomsky - Gaza, la prisión al aire libre más grande del mundo.


miércoles, 14 de noviembre de 2012

De la huelga.


Me cuesta tanto trabajo escribir sobre el tema del día que no sé por dónde voy a empezar, y me da la sensación de que voy a terminar hablando de cosas que poco o nada tienen que ver con la huelga. Aún así voy a intentarlo.

Con el paso del tiempo, uno se va acostumbrando a la habitual guerra de opiniones que surgen cada vez que se convoca una huelga, manifestación, marcha o concentración de protesta. Poca diferencia hay entre los comentarios que podíamos leer o escuchar el pasado 29 de Marzo y los de hoy. Y alguna diferencia más, pero tampoco excesiva, con los que podíamos leer los días posteriores al 15 de Mayo de 2011, o al 25 de Septiembre de este año.

Y hay de todo tipo. A favor, en contra, apoyando, justificando, insultando, agrediendo, incitando, malhumorando, motivando, acusando... en unas direcciones y en otras. En muchas direcciones.

Todos los que estéis leyendo esto estáis a un sólo click (http://www.twitter.com) de tener en vuestra pantalla una cantidad infinita de comentarios, opiniones y reflexiones acerca de la protesta de hoy.

Al final se reduce a lo de siempre: unos tirando piedras contra otros, que las recogen del suelo y se las vuelven a lanzar. Vale, hay muchos "bandos", muchos "colores", muchos "motivos". Diferentes y respetables. Pero cuando acudimos a las redes sociales, los periódicos o la televisión, parece la misma historia de siempre.


Hoy, cuando estaba en la manifestación apoyando la huelga general, iba delante de mi un grupito de personas de edades distintas: dos niños, dos o tres mujeres adultas, un señor mayor y otro algo más joven. Todos ellos sin pegatinas, ni banderas, ni nada que les identificase como partidarios de nada en especial.

Una de las mujeres llevaba una bolsa de pipas de la que iba comiendo tranquilamente a medida que caminábamos con la manifestación. En un momento dado, se ha girado y me ha visto mirar a la bolsa de pipas con cara de hambre (hambre que tenía, era la hora de la merienda...). En ese momento, me ha sonreído, se ha acercado a mí y me ha dicho: toma, mi niño. Me ha dado un puñado de pipas, se lo he agradecido con cara de sorpresa, y hemos seguido manifestándonos.


Hay una parte de todas estas cosas, de las manifestaciones, las marchas, las protestas; que nos perdemos si nos quedamos en casa mirando las 3 pantallas (movil, TV y ordenador). Podemos estar totalmente informados, y al minuto, saber cuántos porrazos ha dado la policía y cuántos contenedores han ardido, y si eran de papel, plástico o vidrio. Podemos escuchar en directo los gritos de los manifestantes y al segundo escuchar también las declaraciones del político de turno valorando lo sucedido.

Sin embargo, nos estaremos perdiendo la compañía de miles de personas que, estén o no de acuerdo contigo (que no lo van a estar en todo, sólo faltaría) caminan a tu lado. Puedes mirarlas, tocarlas, sonreir a aquellas que veas más tristes, saludar a aquellas que crees conocer. Puedes escuchar sus conversaciones, lo que les inquieta, lo que les preocupa, lo que les alegra. Puedes escuchar sus risas, y compartirlas. Puedes observar sus caras, sus movimientos, sus miradas. Vivir ese momento con todos ellos sin sentirte cohibido en absoluto.

Poco tiene que ver con política el disfrutar de la gente. Y en pocas ocasiones tenemos la oportunidad de disfrutar así de la gente, de las personas. Me cuesta imaginarme que un día normal, al ir caminando hacia la facultad, una señora, la misma de esta tarde, se parara junto a mí y me ofreciera un puñado de pipas. Así, sin más.


Aunque sólo haya sido por eso, me alegro de haberme manifestado esta tarde junto a esa señora y su familia.